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NOTA DE OPINION

Por Marcelo Sosa

Ni humano ni nuclear. Argentina no es el tacho de basura del “imperio”

milei trunp entrega

Editorial. Marcelo Sosa

 

La decisión del gobierno de Javier Milei de negociar con Donald Trump la recepción de deportados desde Estados Unidos no es un hecho aislado ni una mera cuestión administrativa. Es, en realidad, una pieza más de un modelo de país que se ofrece al mejor postor, resignando soberanía, dignidad y proyecto propio. Un modelo que tiene un antecedente inquietantemente claro: la vieja y nunca del todo enterrada idea de convertir a la Argentina en un basurero nuclear, con Gastre, en Chubut, como símbolo más brutal de esa lógica colonial.

Y rechazar este desquicio no es renunciar a esa decisión asumida en las bases de nuestra organización nacional y escrita de manera tajante en el preámbulo de la Constitución Nacional: “(…) para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”.

Tampoco es comparar residuos tóxicos con seres humanos. La mayoría de esos deportados no son delincuentes sino que son víctimas de las políticas migratorias xenófobas implementadas por el neofascista que gobierna los Estados Unidos.

Aceptar deportados que Estados Unidos no quiere, implica asumir el rol de patio trasero del poder global. No se trata de solidaridad ni de integración planificada: se trata de hacerse cargo de un problema ajeno sin debate público, sin garantías y sin una política de inclusión real. Argentina no puede ser el “plan B” de las potencias cuando necesitan sacarse de encima lo que les resulta incómodo.

La escena no es nueva. La comparación con Gastre no es caprichosa. En los años noventa, con un razonamiento similar al de los Libertarios, se pretendió vender territorio y futuro a cambio de promesas vagas, dólares rápidos y aplausos externos. Probablemente para Milei lo mas valioso de esa retribución sean los aplausos trumpistas.

Se pretendió instalar en la meseta chubutense un repositorio de residuos nucleares con el mismo argumento que hoy se repite en otros formatos: promesas de inversiones, desarrollo local y una supuesta racionalidad técnica que ignoraba deliberadamente los riesgos ambientales, sociales y éticos. Era —como ahora— una forma de decir que hay territorios y poblaciones sacrificables.

Ni las personas son paquetes a reubicar ni el territorio
es un pozo para enterrar “desechos” ajenos.
Un país que acepta ser basurero termina oliendo a eso.

Deportados hoy, residuos nucleares ayer. El hilo conductor es el mismo: una Argentina periférica, subordinada, disponible para absorber los costos que otros no quieren pagar. Como si el país entero fuera un espacio disponible para uso y placeres del primer poder extranjero que golpee la puerta.

Un país que no produce, no decide, no incomoda; solo recibe lo que otros no quieren.

Milei no está rompiendo con “la casta”, está profundizando la peor tradición colonial: ofrecer la soberanía en bandeja y llamar a eso libertad.

Ni las personas son paquetes a reubicar ni el territorio es un pozo para enterrar “desechos” ajenos. Un país que acepta ser basurero termina oliendo a eso: abandono, desigualdad y desprecio por su propia gente. Y cuando se pierde la dignidad nacional, no hay mercado que la recompre.

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